Brumas de la infancia

“Vapor”, dijo el pediatra. “Vapor de ducha, tres veces por día, no menos de media hora cada vez”.Gradin_Cap08_baja

El pobre Nico estaba con broncoespasmo. Y como “logística manda”, Ximena decidió no llevar a Joaco al cole ese día frío de invierno.Abrió la canilla, buscó unos cubos apilables, los muñecos de la bañadera y se instaló con su panza y los dos chicos a dejar pasar media hora en ese sauna.

-¿Me contás la historia de nacer? Ah, con esta serían más o menos 14.000 las veces que se la había contado.
-¿Otra vez? No, hoy mejor te cuento otra: la de cuando yo tenía tu edad. Joaco sonrió: le encantaban las historias de familia.

-Cuando era chica, los días de lluvia como hoy me encantaba salir con Pepo, Sole y Gon a saltar por los charcos de nuestro jardín, -empezó. -Nos poníamos las camperas, las botas de goma y jugábamos a que íbamos en barco a una isla desierta. Pepo y Gon se hacían espadas con palos… ¡igual que vos! A Sole le gustaba ponerse flores en el pelo y yo era la capitana pirata de la expedición-, iba desgajando Xime con arte de madre que cuenta cuentos. Su voz se mezclaba con el shhhhhhh de la ducha, y el baño se iba llenando de vapor y de recuerdos.

-¿Y qué más?
-Los días de invierno con sol, cuando llegábamos del colegio, tomábamos un chocolate caliente y salíamos volando a buscar a nuestros amigos para jugar en la vereda. Los varones hacían carreras de autitos, y les ponían Plastilina para que fuesen más rápido. Nosotras jugábamos a la rayuela y al elástico.

-¿Jugaban en la calle?-. Los ojos de Joaco se abrían como faroles en medio de la bruma.
-Sí… es que la calle era tranquila. Se podía jugar ahí. A veces al quemado, o a la mancha, o al fútbol…

-¿Y a la Play?
-No, no había Play, estábamos todo el tiempo con amigos..

Hasta Nico se iba adormeciendo, tranquilo, al ritmo de la nostalgia, de la voz calma de su mamá, y del agua tintineante.

-Y cuando los días se hacían más largos, nos dejaban ir al cole en bicicleta. Salíamos los cuatro juntos (Sole con rueditas), buscábamos a nuestros amigos, otros se iban sumando en el camino y cuando llegábamos éramos como veinte.

Pasaron cinco minutos, y diez, y veinte, y cuarenta… Shhhhhhhhh, seguía la ducha. Nico ya respiraba menos agitado, acurrucado y dormido al compás del tic tac que tanto conocía. Joaco seguía imaginando las historias de aventuras de su mamá en esos tiempos lejanos sin Play y en la vereda. Y Xime veía cómo en las volutas del vapor, como en una rara pantalla, se iban haciendo realidad esos recuerdos de infancia compartida, que por muchos años se le habían dormido, y que la hacían muy feliz.